Shiv Pillai, MD, PhD, miembro del Instituto Ragon de MGH, MIT y Harvard y profesor de la Facultad de Medicina de Harvard, fue el autor principal de un artículo en Cell, "Pérdida de células T cooperadoras foliculares y centros germinales que expresan Bcl-6 en el COVID-19," mostrando que los altos niveles de algunas citoquinas observados en pacientes con el COVID-19, como parte de una tormenta de citoquinas, pueden impedir el desarrollo de una inmunidad a largo plazo contra el SARS-CoV-2, el virus que causa el COVID-19.

El SARS-CoV-2, el coronavirus que causa el COVID-19, es un pariente cercano de un virus que causó una enfermedad llamada SARS (Síndrome Respiratorio Agudo Severo), que surgió en China en 2002 y fue erradicado en 2003.

Otro coronavirus relacionado causa una enfermedad similar llamada MERS (Síndrome Respiratorio del Medio Oriente). El MERS surgió como una epidemia en Arabia Saudita en 2012 y todavía se mantiene en esa parte del mundo.

Después de algunas infecciones como el sarampión o las paperas, los pacientes que sobreviven están protegidos durante seis o siete décadas por anticuerpos de larga duración. Sin embargo, tanto en el SARS como en el MERS, los anticuerpos producidos por la mayoría de los pacientes normalmente disminuyen en un año después de la infección.

Es muy pronto para saber cuánto tiempo persistirán los anticuerpos en los pacientes que se recuperan del COVID-19. Sin embargo, tanto en la enfermedad leve como en la grave, los anticuerpos específicos del virus del SARS-CoV-2 carecen de ciertas características que se observan en los anticuerpos que conducen a respuestas inmunológicas de larga duración. Buscamos entender por qué los anticuerpos del COVID-19 pueden carecer de la misma durabilidad.

Una característica única de nuestro estudio es que examinamos tanto la sangre de los pacientes con el COVID-19, como los sitios específicos del cuerpo donde se inician las respuestas inmunológicas.

Cómo se generan las respuestas inmunológicas

Las moléculas inmunes protectoras llamadas anticuerpos son creadas por el cuerpo después de la infección o la vacunación. De manera similar a la forma en que la llave encaja en una cerradura, los anticuerpos están específicamente diseñados para unirse al patógeno que causó la infección. Si el cuerpo se encuentra con el mismo patógeno de nuevo, estas células inmunes se movilizan rápidamente para prevenir o limitar la reinfección.

Las respuestas de los anticuerpos y la memoria inmunológica no se inician en el sitio de la infección en sí, sino en las estructuras vecinas llamadas nódulos linfáticos. En una infección viral de los pulmones, por ejemplo, fragmentos del virus entran en los nódulos linfáticos cercanos en el pecho. Si un virus escapa de los tejidos afectados, como los pulmones, y se abre paso hasta la sangre -como ocurre en los casos más graves del COVID-19- las respuestas de los anticuerpos también pueden generarse en el bazo.

Cuando los fragmentos de un virus entran en el nodo linfático, se encuentran con células inmunes llamadas células B. Cada una de nuestras células B reconoce un patógeno diferente, y cuando un paciente tiene el COVID-19, sólo las células B específicas que reconocen el SARS-CoV-2 se activan.

Otro tipo especial de célula inmune, llamada célula T cooperadora, envía una señal para ayudar a crear una estructura llamada centro germinal. Es en estos centros donde las células B ayudan a evolucionar rápidamente hasta crear la versión más adecuada para combatir el patógeno.

Una vez que se crea la célula B ideal, los centros germinales ayudan a inmortalizarlas como células B de memoria que, literalmente, pueden vivir para siempre. De esta manera, si el cuerpo alguna vez encuentra el mismo patógeno, las células B de memoria lo reconocerán, a menudo durante décadas, e iniciarán una respuesta de anticuerpos para combatir la infección.

Los patógenos mutan y evolucionan y nos derrotarían regularmente si no tuviéramos la capacidad de responder mutando nuestros propios genes en células B del centro germinal para seleccionar las mejores células B con el fin de enfrentar efectivamente al enemigo.

El COVID-19 y la amnesia del sistema inmunológico

El virus del SARS-CoV-2 interrumpe el proceso de creación de memoria al impedir el desarrollo de las células T que ayudan a las células B a formar centros germinales. Si el cuerpo no puede formar centros germinales, no puede crear las células B de memoria que recuerdan cómo combatir la enfermedad.

Creemos que el culpable es probablemente la tormenta de citoquinas COVID-19, un gran flujo de moléculas de señalización inmunológica que pueden interrumpir los procesos normales del sistema inmunológico.

Como resultado, si una persona es infectada por segunda vez, el sistema inmunológico puede no recordar cómo combatirlo mejor, lo que lleva a la "amnesia inmunológica". Este inusual fenómeno reduce enormemente las posibilidades de desarrollar una inmunidad colectiva robusta y duradera después de una infección natural.

Si nos basáramos sólo en la infección natural para eliminar este virus en la población en general, probablemente habría cierta inmunidad en los pacientes recuperados durante unos meses, pero podría haber una posibilidad de reinfección en unos seis meses o un año más tarde. Hemos estudiado este fenómeno con mayor detalle en las infecciones graves por el COVID-19, pero hasta ahora no hay pruebas de que las infecciones leves creen células B de memoria.

La pérdida de centros germinales es exclusiva de las enfermedades infecciosas graves, pero es poco probable que ocurra después de la vacunación porque las vacunas están diseñadas para inducir de manera más eficiente los centros germinales. Por lo tanto, creemos que la vacunación puede ser la mejor manera de generar una inmunidad colectiva y efectiva.

Los conocimientos adquiridos en nuestros estudios sobre el COVID-19 pueden ayudarnos a diseñar vacunas más duraderas en el futuro para una serie de enfermedades.


Translation of "COVID-19 Could Be Causing Immune System Amnesia," published in Bench Press on September 16, 2020.